«Hay que trabajar para hacer un diseño urbano que adapte la ciudad al cambio climático»

«Alicante es un ejemplo mundial porque ha pasado eventos de sequía pero no ha pasado sed, ha padecido eventos de inundación y la hemos adaptado para evitar los desastres de los años 60 y 80». Así lo ha destacado el catedrático Jorge Olcina en la presentación este jueves del octavo Aquae Papers, un informe dedicado sobre adaptación de la ciudad en el ciclo urbano del agua.

La publicación, perteneciente a la Fundación Aquae del grupo Suez, estudia a través de una decena de expertos los extremos pluviométricos y la adaptación al cambio climático en el ámbito mediterráneo. Liderados por Olcina, analizan los recursos hídricos con los que se abastece Alicante y el drenaje urbano.

Como responsable del Instituto de Climatología, Olcina ha destacado el trabajo «de adaptación progresiva de nuestras ciudades al nuevo proceso climático, como se está haciendo en otras ciudades del mundo». Y en ese panorama, recalca, hay que tener en cuenta que estamos en una de las regiones donde menos llueve. Pese a eso, «nunca nos falta agua en el grifo y eso habla de la buena adaptación».

Esa capacidad, la resiliencia, es la tendencia que cree deben encarar las ciudades. «Con el cambio climático esta zona del Mediterráneo tendrá un descenso de precipitaciones, una subida de temperaturas y con mayores eventos de extremo», señala Olcina. Por eso «hay que trabajar, hacer un diseño urbano que adapte la ciudad a esa realidad».

Presentación del octavo Aquae Papers.

Ejemplos de trabajo los ha encontrado en Alicante, «donde se está trabajando desde hace años». Así lo ha indicado Francisco Bartual, director de Aguas de Alicante, «inundaciones y sequías se combaten con estructuras en forma, que se renuevan de manera inteligente». Una de las claves en las que han insistido es en «apostar por la reutilización del agua, más allá de grandes obras a nivel de barrancos y reconducciones, la creación del parque La Marjal o el tanque anticontaminación».

Asunción Martínez, del grupo Suez, ha destacado que Aguas de Alicante «es pionera en aguas reutilizada, como todas las empresas del grupo Suez». En su intervención ha comentado que «hay todavía recorrido» para un mayor crecimiento. Uno de los puntos en los que ha indicado que se está trabajando es en la conversión de sus instalaciones. El objetivo es que estas «se puedan convertir en biofactorías para que sean autosuficientes y no derrochen agua y sean capaces de dar salida a los lodos». Así, las plantas de depuración pasarían a ser una «máquina de producir recursos que se podrán usar». El otro punto claro del plan de trabajo es la biodiversidad. Martínez se ha enorgullecido del reciente reconocimiento recibido «porque nuestras instalaciones grises pasen a ser verdes».

En esa línea de reutilización ha coincidido Olcina. «Hay que seguir adaptándose a la inundación —ha reclamado— Alicante hoy es más segura a eventos de precipitación extremos gracias a los colectores de alta capacidad a la lluvia que cada vez será más frecuente». El catedrático ha explicado que la tendencia es que las precipitaciones no sean de grandes volúmenes «sino las de 50 y 100 litros que caen muy concentradas en el tiempo y pueden provocar daño».

La otra adaptación que propone es que frente a esos episodios concentrados, sufriremos sequías más prolongadas en las próximas décadas. «Y en territorios donde no tenemos abundancia de agua, lo que hay que perseguir es la gestión eficaz del recurso», ha añadido. Por eso, «dar datos como que Alicante ha disminuido el 20% de las pérdidas de agua desde los años 80, es un dato mundial». Eso considera que «habla de una gestión eficaz: tenemos una de las redes de mejor eficiencia de todo el mundo». «Estas buenas prácticas se tienen que conocer fuera», ha pedido. Más cuando las ciudades del Mediterráneo las ha definido como «un laboratorio de los cambio climáticos».

Siguiendo con los ejemplos locales que sitúan Alicante como referente, Olcina ha recordado que «somos de las pocas ciudades en el mundo que tenemos una red de distribución de agua depurada para zonas verdes y urbanizaciones». Una idea en la que están trabajando otras urbes para seguir esa línea, ha asegurado. «Otro ejemplo mundial es el parque La Marjal, el segundo que hay en el mundo. Es un orgullo contar de una infraestructura así porque es una nueva generación de obras de reducción de riesgo», ha apuntado. Ir más allá de lo que ha denominado como «obras de hormigón», representa «una nueva fase». Una en la que incluso «ciudades, como Copenhague, que no tienen lluvia de este tipo están tomando medidas como esta».

Nueva York, Berlín y Rotterdam: ciudades resilientes

Ejemplos de buenas prácticas en otros países son el Plan A Greener Greater New York, con 132 iniciativas y cuatrocientos objetivos a desarrollar entre 2007 y 2030, incluyendo un apartado sobre la adaptación al cambio climático que incluye trece medidas, entre las que destacan la reducción de un tercio de emisiones de gases de efecto invernadero en 2030 respecto a 2005; o la actualización de los mapas de inundación de la ciudad y de las normas de construcción.

En Berlín se ha aprobado una ordenanza municipal para aplicar el llamado Biotope Factor Area, un indicador que permite crear zonas verdes en el centro de la ciudad, teniendo en cuenta el volumen construido y la antigüedad de los edificios. Por su parte, en la holandesa ciudad de Rotterdam se ha diseñado una Estrategia de Adaptación al Cambio Climático. Este documento de planificación territorial plantea la adaptación a la subida de temperaturas (jardines colectivos dentro de manzanas edificadas, tejados verdes, vegetación para cubrir los diques); a la subida del nivel de mar (recrecimiento de diques existentes y nuevos diques, elevación de cota de edificación); y al incremento de inundaciones (depósitos pluviales, colectores de agua pluvial, espacios de inundación natural).

La Ley de tejados verdes en Copenhague o Amberes; las viviendas palafíticas en Nueva Orleans para evitar desastres como el ocasionado por el huracán Katrina en 2005; o las edificaciones sobreelevadas de Helsinki, en el marco del proyecto Baltcica, impulsado por los países ribereños del mar Báltico, son otros ejemplos de cómo una ciudad puede ser resiliente frente al cambio climático.

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