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El riesgo de incendios este año es alto tras el aumento de la materia vegetal que se secará.

¿Un verano abrasados por los incendios?

El verano ha empezado y con él, lamentable, la amenaza de incendios forestales. El calentamiento global está favoreciendo que nuestros montes se enfrenten a situaciones más infamables. La temperatura, el oxígeno y el combustible es una mezcla explosiva, donde la prevención juega un papel clave. Unas labores preventivas que, en general, siguen siendo una asignatura pendiente. ¿Sufriremos un verano abrasados por los incendios?

El año 2017 fue nefasto: en junio se calcinaron casi 9.000 hectáreas junto al Parque Nacional de Doñana. Y cómo olvidar las imágenes de Portugal ardiendo. Un trágico siniestro que se saldó con 66 víctimas mortales, centenares de heridos y más de 50.000 hectáreas arrasadas. “El pasado año las condiciones eran, a priori, mucho más peligrosas: fue más seco, con una ola de calor que se prolongó, sin primavera prácticamente y con mucho viento. Este año la humedad relativa es mucho más alta, las temperaturas de momento y en general son más bajas, pero al registrarse tantas precipitaciones, ahora mismo hay un aumento de la materia vegetal, sobre todo, herbácea, que incrementa el riesgo en la medida que ese pasto se vaya secando”, explica Nicolás López, técnico de Conservación de Especies Amenazadas de SEO/BirdLife y especialista en incendios forestales, quien diferencia el riesgo en el tercio norte de España al de la costa mediterránea. En el primer caso, la mayor parte de los incendios se produce en invierno. En el segundo, es ahora cuando se puede enfrentar a su peor escenario.

Un porcentaje muy alto de los grandes incendios forestales -en los que se queman más de 500 hectáreas- se producen en zonas de la Red Natura 2000, una red ecológica europea de conservación de la biodiversidad. Son territorios más forestales y, además, con una mayor despoblación, que incrementa el peligro del fuego. Este grave despoblamiento del mundo rural está contribuyendo a convertir España en más infamable. Según López, “el abandono de la tierra trae consigo el cese de gran parte de las actividades agrícolas y ganaderas y la acumulación de combustible en el medio debido a la falta de pastoreo, por el abandono de las actividades de explotación y recogida de madera y leñas, por la reconquista de la vegetación silvestre en los terrenos agrícolas abandonados o por el cese de los trabajos ligados a otras  explotaciones selvícolas de las zonas forestales”.

Un modelo urbanístico de riesgo

El aumento de las actividades turísticas y recreativas en el monte no ayuda a rebajar la amenaza. Otro de los factores reseñables es el modelo urbanístico que se ha desarrollado en los últimos años en el país con la expansión de las zonas urbanas y periurbanas a terrenos agrícolas y forestales, lo que se conoce como interfaz urbano- forestal, urbanizaciones que están metidas en zonas boscosas o con mucho arbolado. En estas  áreas cuando se registra un incendio, “evidentemente y como es lógico se prioriza salvar vidas humanas, luego los bienes de las personas y después el resto, es decir, la vegetación destruyéndose lugares muy valiosos en cuanto a biodiversidad”, añade el especialista.

La prevención durante los meses de invierno es fundamental, acompañada de medidas de sensibilización. El problema es que se siguen priorizando las partidas económicas destinadas a la extinción, lamenta López, quien alerta de que si no se dispone de medios para gestionar el combustible forestal, los incendios forestales serán cada vez de mayor magnitud.

Más del 90% de los incendios son intencionados (por negligencia o provocados), siendo el daño irreparable, ya que “nunca será posible reproducir el proceso histórico y climático que dio lugar a ese bosque”. Sirva como ejemplo: un encinar, -apunta López- tarda hasta 50 años para empezar a tener árboles. De ahí que ponga énfasis en los trabajos preventivos. Y es que, el hecho de que este año haya llegado la primavera puede llevar a “las administraciones a relajarse porque todo está más húmedo, pero cuando la biomasa vegetal se seque va a propiciar que haya mucho combustible en el campo; si ocurre un incendio puede provocar consecuencias nefastas”.

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