El oasis del confinamiento es una trampa para los animales

Pavos reales en Madrid, jabalíes por Barcelona, medusas en los canales de Venecia… La presencia de animales salvajes en las calles durante estas semanas nos llama aún más la atención. El confinamiento en las ciudades a causa del coronavirus les ha dejado el espacio libre. ¿Se acostumbrarán a ello? Los científicos intentan estudiar ese comportamiento para ver qué sucederá.

El Centro Superior de Investigaciones Científicas y el Centre de Recerca Ecològica i Aplicacions Forestals ya apuntan algunas tendencias. Según Daniel Sol, Oriol Lapiedra y Aina Garcia, se observarán cambios en el comportamiento, incluso que se dará un incremento local de la biodiversidad. Eso sí, insisten en que es probable que estos cambios sean efímeros.

El fin de la cuarentena acabará devolviendo la actividad a las calles y, según los expertos del Creaf, la mayoría de los efectos desaparecerán. Para muchos animales, el coronavirus solo habrá sido una trampa ecológica. Estas semanas les habrán ofrecido la falsa percepción de que las ciudades son lugares apropiados para vivir.

Habituarse a los humanos

En su estudio, el equipo investigador recuerda las evidencias del pasado sobre la influencia de las ciudades vacías en el comportamiento. Así citan pájaros como el herrerillo que cambia la frecuencia de su canto y mamíferos como el antílope que aumenta sus hábitos nocturnos. Esto último, señalan, se debe al miedo a los humanos pero cuando no se nos ve, dejan de vernos como un peligro.

Y el ejemplo lo ven en coyotes y ciervos de zonas protegidas, donde se ha demostrado que se han habituado a su presencia. El equipo de Creaf apunta que con el confinamiento esa reducción de la circulación posibilita que algunas especies se habituen a los humanos y los dejen de ver como un peligro.

Aumenta la biodiversidad

Otro logro del confinamiento es el aumento de la presencia de una mayor diversidad. Según indican, la mayoría de animales tienen miedo de las personas y evitan vivir cerca. Esa es una de las razones por las que la biodiversidad en los centros de las ciudades suele ser baja. Esto, remarcan, cambia con el confinamiento. La reducción de la actividad humana puede favorecer que las especies que no toleran bien la presencia humana colonicen la ciudad. Este sería el caso de las especies que tienen más capacidad de dispersión y que son más abundantes fuera de la ciudad.

Pero también sucede eso con grandes depredadores, que evitan las ciudades para reducir los conflictos. La cuestión, indican, es que pueden habituarse rápidamente a los humanos cuando baja la percepción de riesgo. Y así lo ven en los pumas en Chile o leopardos en la India.

Además de su baja diversidad, una particularidad de zonas altamente urbanizadas es que una fauna dominada por unas pocas especies superabundantes: palomas, gaviotas o ratas. Su proliferación tiene mucho que ver con su capacidad de aprovechar el alimento generado por las actividades humanas. Liberados de competidores y enemigos, su número puede crecer hasta convertirse en plagas. Estos días, la disminución de la actividad humana puede reducir la abundancia de alimento y afectar, por tanto, las especies que son más dependientes.

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La trampa ecológica

El concepto de trampa ecológica lo usan para las condiciones del ambiente que inducen a los animales a creer que un hábitat es apropiado para vivir o reproducirse cuando en realidad no lo es. Un ejemplo es el de insectos efemerópteros que ponen los huevos sobre el asfalto porque la luz polarizada que produce se confunde con la de la superficie del agua donde habitualmente se reproducen.

El confinamiento puede generar trampas ecológicas porque expone a los animales a condiciones que pueden tener poco que ver con las que experimentarán en el futuro, cuando la gente y los coches devuelvan en las calles. Si por ejemplo los pájaros aprovechan el bajo nivel de perturbaciones humanas para criar en zonas donde antes no lo hacían, la reproducción podría fracasar una vez la actividad vuelva a la normalidad.

El informe del Creaf termina recordando que aún son insuficientes los datos para calcular un impacto real del confinamiento sobre la fauna. Para ello, demandan, haría falta documentar los cambios en el comportamiento de los individuos y sus efectos sobre las dinámicas poblacionales antes, durante y después del confinamiento. Y, luego, compararlo con datos de lugares similares donde no lo haya habido. Un requisito que reconocen es difícil de conseguir. Con todo, la experiencia de las últimas décadas les hace pensar que el confinamiento puede producir cambios importantes en la fauna. Como concluyen, que unas pocas semanas de confinamiento puedan alterar el comportamiento y diversidad de animales debería hacernos reflexionar sobre hasta qué punto hemos creado ciudades poco habitables.

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