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Aurelio Ayela ante una de las obras de la serie Hipogea, arte para la sostenibilidad que exhibe en M2A.

El mar no es nuestro lavavajillas, la exposición del M2A para reflexionar sobre sostenibilidad

¿Qué hace una pila de cien platos perfectamente alineada en el fondo marino? El artista Aurelio Ayela juega con nuestra mirada para hacernos creer que es posible mantenerlos imperturbables a las corrientes y peces que juegan en esta suerte de monumento a la pereza y abandono humano. ¿Convertimos el mar en nuestro lavavajillas? Son preguntas con las que el creador invita a reflexionar sobre arte y medioambiente, el ciclo que acoge el Museo de Aguas de Alicante, M2A.

La proyección en vídeo cierra la tercera sala de Hipogea, una exposición con la que devuelve el arte a los pozos de Garrigós. Excavados en la montaña, para estos tres espacios convertidos en salas, Ayela ha creado sus últimas obras. Y en ellas, con espíritu infantil y extraordinaria capacidad teórica, construye un mundo que sorprende a los espectadores del centro.

La exposición del M2A, que estará abierta hasta el 15 de enero, se convierte también en la forma de celebrar el 123 aniversario de Aguas de Alicante. Con ella también valoran otro aspecto, devolver la exhibición de prestigiosos artistas locales al centro.

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Tres salas, tres temas

Y el primero que está contento de hacerlo es el propio Aurelio Ayela. La exposición estaba prevista para inaugurarse en marzo de 2020. Un virus lo impidió. Año y medio después, el artista se muestra radiante al recorrer las tres salas con que participa en este ciclo de M2A. «Creo que es uno de los espacios de modo natural más potentes de Alicante», cuenta en el encuentro ante los medios.

Aparte de la felicidad por compartir la apertura de una exhibición aún en pandemia, Ayela recalca que este trabajo «nos plantea nuestro lugar en el mundo con la naturaleza y el ecosistema». Y lo hace mediante religión, filosofía y un reto que podría ser viral. Tres bases en las que sustenta los diferentes discursos de Hipogea.

Religión

El recorrido empieza a oscuras con una luz negra en la que brillan unas ramas y un círculo. Son la representación del sándalo de Juan Fernández. Como explica, el uso ornamental de esta planta se convierte en un retrato de «cómo la religión marca la desaparición de una especie». Un inicio fuerte en el que recuerda la desaparición de esta especie endémica de un archipiélago chileno convirtiéndolo en una peculiar ceremonia funeraria de colores flúor.

Filosofía

La segunda sala le permite cambiar de registro porque «como en las buenas tragicomedias se quita peso pero se añade diversión». Y una escultura de más de cuatro metros y medio de altura se encarga de representarlo. Si en la primera sala representaba los efectos de la religión, en la segunda habla de «la ciencia que nos salvará frente a la caída de los valores religiosos». Una propuesta en la que puntualiza que se vuelve a hablar de un imposible. «La ciencia sabe que no hay respuestas sino más preguntas«, recalca.

Y de preguntas sabe la patafísica. Esta corriente artística de origen francés le permite plantear «soluciones imposibles y problemas relativos». Un ejemplo con el que se define, «ese espíritu impregna todo mi trabajo», y que usa para «dedicar el genio humano a algo que no es funcional ni práctico, sino un espíritu infantil, por la aventura de acometer algo que no sabemos qué es».

El reto

En la última sala del M2A, la proyección de un vídeo retrata una civilización perdida, la nuestra. Como restos de arqueología subacuática, muestra un centenar de platos en el fondo del cabo de Palos. El sonido del agua de un lavavajillas acompaña al espectador frente a un imposible que «usa la excusa de la columna conmemorativa» para desmontar la imagen del icono «que habla del triunfo de un pueblo a otro, un logro humano».

«Creo que los objetos son muy sugerentes y tienen sus secretos y, sobre todo, el mensaje de la reconciliación del hombre con la naturaleza. Aparte de lo ecológico o me interesa esa relación íntima de cómo hemos llegado aquí«, concluye.

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